Felicidad



Todos deseamos la felicidad. La felicidad es lo que esperamos en cada decisión. Elijo este colegio porque pienso que será lo mejor para mí y por esta carrera para que yo esté feliz. Elijo esta casa en este lugar porque pienso que me hará feliz. Incluso las decisiones más pequeñas de la vida, como beber un café o tener mole para cenar, elijo porque pienso que me traiga la felicidad. Sin embargo, algunas de estas cosas en actualidad no me traen la felicidad que espero, y todas se pasan, y así en fin están últimamente insatisfactorias. Están insatisfactorias porque mi deseo por la felicidad no es solamente estar feliz por un momento, o estar feliz solamente por unos minutos y después puedo continuar mi vida sin estar feliz. No, deseo estar feliz en el mayor grado y por una infinita cantidad de tiempo. Esta es la felicidad que deseamos, y nada en este mundo proveería por este grado infinito de satisfacción por una infinita cantidad de tiempo porque todo en este mundo se pasa. Se come el flan. La botella de vino tiene un fondo. Solamente algo infinito que no fallece puede satisfacer plenamente este deseo infinito. Sólo Dios, Quien es bondad infinita, puede cumplir mi deseo por la felicidad infinita.


Nuestro deseo por la felicidad infinita se cumple solamente en nuestra relación con nuestro Dios infinito, Quien es bondad y amor sí mismo – Quien nos creó y sabe cómo cumplir los deseos profundos de nuestro corazón. Por esta razón, la más grande y más satisfactoria ocupación de nuestra vida es nuestra relación con Dios, es la Oración. Si queremos estar felices, tenemos que ir a la fuente de la Felicidad y la fuente de nuestro deseo, y la manera en que lo hacemos es por medio de conversación y comunión con Dios. Nuestra vida permanecerá vacía, inútil, e incumplida si no pasamos el tiempo con el Único quien todo llena, quien da sentido a quienes somos y a lo que se nos llama en este mundo, y quien comparta su propia vida de don y amor con nosotros. Si queremos satisfacer nuestro deseo por la felicidad infinita, necesitamos pasar el tiempo en conversación cada día con el Único quien cumple ese deseo.


Lo que nos desalienta cuando vamos a orar en silencio es que encontramos no solamente al Dios vivo, sino encontramos a nosotros mismos, con todo nuestro desorden – y eso nos asusta posiblemente más que encontrar a Dios. No queremos ver nuestra fealdad ni hacer frente a los lugares oscuros en nuestro corazón. Lo que vence este miedo es la verdad que tú estás hecho en la imagen y semejanza de Dios – que, de hecho, aunque haya mucha fealdad en tu vida, eres una obra asombrosamente hermosa de la creación de Dios, y es bueno que existes. Hay una grandeza que tienes que nadie más tiene, y Dios deleita en ti. Esta verdad hace la oración menos desalentando, porque vale la pena conocer a Dios, y los partes de ti mismo que ya no has descubierto también vale la pena conocerlos. Dios eligió morar en tu alma y hacerlo su casa porque vale la pena hacer de ti una casa. Te animo empezar a pasar diez o quince minutos cada día con el Dios que satisface todos tus deseos, y de no tener miedo de la gloria y belleza te revela Dios sobre quien eres, aún en el medio del desorden que Dios quiere transformar y redimir. Habla con Él como amigo, y Le abre tu corazón, lee sus palabras a ti y descubre el tesoro para quien estás dispuesto a dejar todo atrás.


P. Tim

Vicario Parroquial